viernes, 22 de octubre de 2010

A propósito de enfermedades

Arrumbados. ¿Por qué?

Por C. H. Spurgeon


Las visitas de la enfermedad son misteriosas. Cuando el Señor está usando a un hombre para Su gloria, es muy singular que le hiera súbitamente, y suspenda Su utilidad. Tiene que ser algo bueno, pero, la razón de ello no se ve por ningún lado cerca de la superficie. Al pecador cuyos actos contaminan a la sociedad en la que se mueve, se le permite frecuentemente, año tras año, derrochar su vigor inagotable infectando a todos los que se le acercan. Ninguna enfermedad lo aparta de su ministerio mortal, ni siquiera durante una hora; siempre está en su puesto, siempre está lleno de energía en su misión de destrucción. ¿Cómo es que un corazón ávido del bienestar de los hombres y de la gloria de Dios, se ve obstaculizado por una constitución enfermiza, y ve sofocada su máxima utilidad por causa de los ataques de una dolorosa enfermedad? Podríamos hacernos esa pregunta si la hiciéramos sin murmurar, pero, ¿quién nos la respondería? Cuando el avance de un cuerpo de soldados es detenido por un fuego hostil que esparce dolorosas heridas por todos lados, entendemos que esto es sólo uno de los incidentes naturales de la guerra; pero si un comandante detuviera a sus tropas en medio de la batalla y procediera con su propia mano a eliminar a algunos de sus más celosos guerreros, ¿acaso no nos quedaríamos desconcertados tratando de entender sus motivos? Felizmente para nosotros, nuestra dicha no depende de nuestro entendimiento de la providencia de Dios: somos capaces de creer aquello que no somos capaces de explicar, y nos contentamos con dejar mil misterios sin resolver antes que tolerar una sola duda en cuanto a la sabiduría y la bondad de nuestro Padre celestial. La penosa dolencia que pone al ministro cristiano hors de combat (fuera de combate) cuando es más necesitado en el conflicto, es un tipo de mensajero del Dios de amor y ha de ser recibido como tal: esto lo sabemos, pero, pero no podríamos explicarnos con precisión por qué es así.

Hemos de considerar esto más detenidamente. ¿Acaso no es bueno que nos veamos perplejos y confundidos y como resultado nos veamos forzados a ejercitar la fe? ¿Sería bueno para nosotros que las cosas fueran tan ordenadas, que nosotros mismos pudiéramos ver la razón de cada dispensación? ¿Podría ser en verdad el designio del amor divino, suprema e infinitamente sabio, que pudiéramos medirlo con nuestra corta cinta métrica de la razón? Si todas las cosas fueran ordenadas de conformidad a nuestro criterio de lo que es conveniente y adecuado, ¿caso no permaneceríamos siendo tan necios y soberbios como niños mimados y malcriados? ¡Ah, es bueno que seamos sacados de nuestra ignorancia, para hacernos nadar en las dulces aguas del amor poderoso! Nosotros sabemos que es supremamente bienaventurado ser compelidos a abandonar el ego, a renunciar al deseo y a la opinión, y a quedarnos tranquilos en las manos de Dios.

Es de suma importancia que seamos conservados siendo humildes. La conciencia de la importancia propia es un odioso engaño, pero es un engaño en el que caemos tan naturalmente como crecen las hierbas sobre un muladar. Nosotros no podemos ser usados por el Señor cuando soñamos también con nuestra grandeza personal, cuando nos consideramos indispensables para la iglesia, y cuando sentimos que somos pilares de la causa y cimientos del templo de Dios. No somos nada ni somos alguien, pero es muy evidente que no lo consideramos así, pues tan pronto como somos arrumbados, comenzamos a preguntarnos ansiosamente: “¿Cómo progresará el trabajo sin mí?” Es como si la mosca que viaja en el coche del correo preguntara: “¿Cómo serán transportadas las cartas sin mí?” Hombres mucho mejores han sido depositados en la tumba sin haber llevado la obra del Señor a su culminación, y, ¿nos vamos a enojar e irritar porque por un breve tiempo debemos permanecer sobre el lecho de la languidez? Si fuéramos arrinconados solamente cuando se puede prescindir de nosotros, no constituiría ninguna reprensión para nuestro orgullo; pero si nuestra fuerza se debilita en el camino en la precisa ocasión en que nuestra presencia pareciera ser más necesaria, es la manera más segura de enseñarnos que no somos necesarios para la obra de Dios, y que cuando somos más útiles, Él puede fácilmente prescindir de nosotros. Si esta es la lección práctica, la aspereza de la enseñanza puede ser soportada fácilmente, pues, con toda seguridad, es más que deseable que el ego sea humillado y únicamente el Señor sea engrandecido.

¿No podría nuestro clemente Señor proponerse un doble honor cuando envía un doble conjunto de tribulaciones? “En trabajos más abundante” es un excelso grado, pero “sufridos en la tribulación” no lo es menos. Algunos creyentes han sobresalido en el servicio activo, pero han sido escasamente probados en el otro e igualmente honorable campo de la paciencia sumisa; aunque son veteranos en la obra, han sido sólo un poco mejor que bisoños reclutas en cuanto a la paciencia, y, debido a esto, se han desarrollado sólo a medias en su hombría cristiana en algunos aspectos. ¿Acaso no puede tener el Señor designios especiales para algunos de Sus siervos, queriendo perfeccionarlos en ambas formas de la imitación de Cristo? No parece haber alguna razón natural del por qué las dos manos de un hombre no pudieran ser igualmente útiles, pero pocos individuos se vuelven en realidad ambidiestros, porque la mano izquierda no es ejercitada de la misma manera. Los zurdos que figuran en la Escritura eran realmente hombres que tenían dos diestras, y eran capaces de usar ambas extremidades con igual destreza. La paciencia es la mano zurda de la fe, y si el Señor requiere de un Aod para herir a Eglón, o un benjamita que tire piedras con la honda a un cabello, y no errar, pudiera ser que alterne con él, y ejercite su paciencia así como también su diligencia. Si esto ha de ser así, ¿quién desearía evitar el favor divino? Sería mucho más sabio recordar que esa guerra en dos frentes requerirá de doble gracia, e implicará una responsabilidad correspondiente.

Un cambio en el modo de nuestros ejercicios espirituales puede ser altamente beneficioso, y puede prevenir males desconocidos pero serios. La obstrucción engendrada por el mucho servicio, como un parásito en la corteza de un árbol frutal, puede volverse dañina y, por tanto, el Padre, que es el labrador, quita al parásito dañino con los filosos instrumentos del dolor. Grandes caminadores nos han aseverado que se cansan más pronto en terreno plano pero que, al escalar las montañas y descender a los valles, algunos músculos nuevos son ejercitados, y la variedad del ejercicio y el cambio de escenario les permite mantener el paso con menor fatiga: los peregrinos que van al cielo probablemente puedan confirmar este testimonio. El continuo ejercicio de una sola virtud, exigido por circunstancias peculiares, es sumamente encomiable; pero si otras gracias se quedan sin uso, el alma podría quedar torcida, y el bien se exageraría al punto de quedar teñido por el mal. Las actividades santas son un instrumento de bendición para una gran parte de nuestra naturaleza, pero hay otras porciones de nuestra humanidad nacida de nuevo, que son igualmente preciosas y que no son visitadas por su influencia. La lluvia temprana y tardía puede bastar para el trigo, y para la cebada y el lino, pero los árboles que producen las fragantes gomas arábigas han de llorar primero con los rocíos nocturnos. El viajero de tierra firme contempla la mano de Dios por todos lados, y se llena de santa admiración, pero no ha completado su educación mientras no haya probado el otro elemento; pues “Los que descienden al mar en naves, y hacen negocio en las muchas aguas, ellos han visto las obras de Jehová, y sus maravillas en las profundidades”. Y su ventaja no está limitada a lo que ven, pues la anchura del océano les infunde salud, y sus aguas los limpian de las contaminaciones de la costa. Es bueno que un hombre lleve el yugo del servicio, y no es un perdedor cuando éste es intercambiado por el yugo del sufrimiento.

¿Acaso no puede corresponderles una severa disciplina a ciertas personas para capacitarlos para su oficio de obreros? No podemos hablar con una autoridad consoladora acerca de una experiencia que no hemos conocido nunca. Los que sufren conocen a aquellos que han tenido la misma experiencia, y su olor es como el olor de un campo que el Señor ha bendecido. Las “palabras al cansado” sólo las aprenden las orejas que han sangrado mientras la lesna las ha horadado junto al dintel de la puerta. La vida completa del pastor será un epítome de las vidas de las personas de su congregación, que se volverán a su predicación, como se vuelven los hombres hacia los Salmos de David, para verse a sí mismos y a sus aflicciones, como en un espejo. Sus necesidades serán las razones para sus aflicciones. En cuanto al Señor mismo, el perfecto equipo para Su trabajo llegó únicamente a través del sufrimiento, y lo mismo ha de suceder con quienes son llamados a seguirle vendando a los corazones quebrantados y soltando a los prisioneros. Hay almas que permanecen todavía en nuestras iglesias, cuya experiencia profunda y oscura nunca podremos ministrar mientras no seamos sumergidos en el abismo donde todas las olas de Jehová pasen sobre nosotros. Si este es el caso –y estamos seguros de que lo es- entonces podemos dar la bienvenida de corazón a todo lo que nos haga canales más aptos de bendición. Será un gozo soportar todas las cosas por causa de los elegidos; llevar una parte de “lo que falta de las aflicciones de Cristo por su cuerpo, que es la iglesia”, será una bienaventuranza para nosotros.

¡Ay, podría haber causas mucho más humillantes para nuestras aflicciones corporales! El Señor podría ver en nosotros lo que le desagrada y le provoca a usar la vara. “Hazme entender por qué contiendes conmigo” debería ser la pronta petición del corazón celoso. “¿No hay alguna causa?” Nunca podría ser superfluo humillarnos e implementar el autoexamen, pues incluso si caminamos en nuestra integridad y podemos alzar nuestro rostro sin vergüenza en este asunto, en cuanto al pecado real, sin embargo, nuestras deficiencias y omisiones deben provocar que nos sonrojemos. ¡Cuánto más santos debimos haber sido, y pudiéramos haber sido! ¡De qué manera más prevaleciente pudimos haber orado! ¡Con cuánta mayor unción pudimos haber predicado! Aquí hay un espacio sin fin para una tierna confesión delante del Señor. Sin embargo, no es bueno atribuir cada enfermedad y cada prueba a alguna falta real, como si estuviésemos bajo la ley, o pudiéramos ser castigados de nuevo por aquellos pecados que Jesús cargó en Su propio cuerpo en el madero. Sería poco generoso para otros si miráramos al mayor ser sufriente como necesariamente el mayor pecador; todo mundo sabe que sería injusto y no cristiano juzgar en relación a nuestros hermanos cristianos, y, por tanto, seríamos muy poco sabios si nos aplicáramos un regla tan errónea y nos condenáramos mórbidamente cuando Dios no condena. Justo ahora, cuando la angustia llena el corazón, y los espíritus son magullados con un dolor y un trabajo muy pesados, no es la mejor estación para formar un juicio íntegro de nuestra propia condición, o de cualquier otra cosa; debemos dejar que la facultad de juzgar repose, y nosotros, con las lágrimas de una amorosa confesión, debemos arrojarnos en el pecho de nuestro Padre, y mirando a Su rostro, debemos creer que nos ama con todo Su infinito corazón. “He aquí, aunque él me matare, en él esperaré”, ha de ser nuestra invariable resolución, y que el Espíritu eterno obre en nosotros una perfecta conformidad a toda la voluntad de Dios, cualquiera que ella sea.

Fuente: La Espada y la Cuchara, Mayo de 1876.

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