Oh, hombre inconverso, el tiempo de soltar tus cables se acerca; está incluso a la puerta. En breve has de izar tus velas hacia un país lejano. ¡Ah!, entonces el tuyo no es el viaje de un pasajero hacia un clima más dulce, hacia un hogar más feliz y con una perspectiva más brillante a la vista. Tu partida es el destierro de un convicto con una colonia penal destacándose en la distancia; el miedo es algo dominante y la esperanza está ausente, pues el término de tu destierro es interminable. Me temo que hay algunos que han de partir pronto llenos de tenebrosidad, con una temerosa espera del juicio y de la indignación de fuego. Me parece ver al ángel de la muerte aleteando sobre mi audiencia. Podría, tal vez, seleccionar como su víctima a un alma inconversa. Si así fuera, detrás de ese ángel de la muerte está presente algo mucho más sombrío. El infierno sigue a la muerte para las almas que no aman a Cristo. ¡Oh, apresúrense, apresúrense, apresúrense! Busquen a Cristo. Aférrense a la vida eterna; y que la misericordia infinita los salve, por Jesucristo nuestro Señor. Amén y Amén.
C. H. Spurgeon - Una Última Advertencia
jueves, 20 de octubre de 2011
Recuerden, queridos amigos, que es posible que cualquiera que mantenga una decente profesión cristiana durante cincuenta años, sea, después de todo, un hipócrita; que es posible ocupar un oficio en la iglesia de Dios, incluso de los más altos, y con todo, ser un Judas; y uno podría no sólo servir a Cristo, sino sufrir por Él también, y no obstante, como Demas, podría no perseverar hasta el fin, pues no todo lo que parece gracia es gracia. Donde hay verdadera gracia, la habrá siempre; pero donde está sólo la semblanza de ella, desaparecerá con frecuencia súbitamente. Escudríñate, buen hermano; ordena tu casa, porque morirás, y no vivirás. ¿Tienes tú la fe de los elegidos de Dios? ¿Estás edificado sobre Cristo? ¿Ha sido renovado tu corazón? ¿Eres verdaderamente un heredero del cielo? Yo exhorto a todo hombre y a toda mujer en este recinto –puesto que el tiempo de su partida podría estar más cercano de lo que piensan, que evalúen la situación, y hagan su cálculo, y vean si son de Cristo o no.
C. H. Spurgeon - Una Última Advertencia
C. H. Spurgeon - Una Última Advertencia
"El tiempo de mi partida está cercano".
En un cierto sentido, cada cristiano podría decir eso, pues prescindiendo de la longitud de tiempo que pudiera interponerse entre nosotros y la muerte, ¡cuán extremadamente breve es! ¿Acaso no tienen todos ustedes un sentido de que el tiempo fluye más rápido de lo que lo hacía antes? En nuestros días infantiles pensábamos que un año era un largo lapso; era toda una época en nuestra carrera; ahora, ¡cuán difícil es contar las semanas! Pareciera que vamos viajando en un tren expreso, que vamos volando a una velocidad tal que difícilmente podemos contar los meses. Vamos, nos pareció que el año pasado entró por una puerta y salió por la otra; ¡finalizó tan pronto…!
C. H. Spurgeon - Una Última Advertencia
C. H. Spurgeon - Una Última Advertencia
domingo, 16 de octubre de 2011
Cuando podemos decirle a la gente: “Hemos contemplado Su gloria, y por lo tanto, podemos hablar de ella. No hablamos de algo que nos han contado, antes bien, hemos visto al Rey en Su gloria”. ¡Qué majestuosa posición ocupamos! Nuestro poder para atraer a los hombres a Cristo brota principalmente de la plenitud de nuestro gozo personal y de la intimidad de nuestra comunión personal con Él. El rostro que más refleja a Cristo, y que brilla más con Su amor y gracia, es el más capacitado para atraer la mirada de un mundo indiferente y aturdido, y para ganar a las almas inquietas, apartándolas de las fascinaciones del amor y la belleza mundanos. Un ministerio lleno de poder tiene que ser fruto de una intimidad santa, apacible y amorosa con el Señor.
Horatius Bonar (1808-1889) reconocido pastor escocés.
Horatius Bonar (1808-1889) reconocido pastor escocés.
sábado, 15 de octubre de 2011
Tomamos los sermones de Whitefield o de Berridge o de Edwards para estudiarlos o para usarlos como modelo, pero son los individuos mismos los que tenemos que tomar como principal ejemplo; el espíritu de esos hombres, más que sus obras, es lo que tenemos que absorber si hemos de imitar un ministerio tan poderoso y victorioso como el suyo. Esos eran hombres espirituales que caminaban con Dios. Es la comunión viviente con un Salvador viviente lo que nos transforma a Su imagen y nos capacita para poder ser ministros del Evangelio competentes y exitosos.
Sin eso, ninguna otra cosa da resultado. Sin eso, ni la ortodoxia, ni el aprendizaje, ni la elocuencia, ni el poder de los argumentos, ni el celo, ni el fervor lograrán nada. Eso es lo que da poder a nuestras palabras y persuasión a nuestros argumentos, haciéndolos como el bálsamo de Galaad para el espíritu herido o como flechas afiladas del Poderoso para la conciencia del acérrimo rebelde. Parece que brotan una virtud y una fragancia benditas de quienes caminan con Él en una relación santa y feliz dondequiera que van. La cercanía a Él, la intimidad con Él, la asimilación de Su carácter: esos son los elementos de un ministerio poderoso.
Horatious Bonar (1808-1889) ganador de almas.
Sin eso, ninguna otra cosa da resultado. Sin eso, ni la ortodoxia, ni el aprendizaje, ni la elocuencia, ni el poder de los argumentos, ni el celo, ni el fervor lograrán nada. Eso es lo que da poder a nuestras palabras y persuasión a nuestros argumentos, haciéndolos como el bálsamo de Galaad para el espíritu herido o como flechas afiladas del Poderoso para la conciencia del acérrimo rebelde. Parece que brotan una virtud y una fragancia benditas de quienes caminan con Él en una relación santa y feliz dondequiera que van. La cercanía a Él, la intimidad con Él, la asimilación de Su carácter: esos son los elementos de un ministerio poderoso.
Horatious Bonar (1808-1889) ganador de almas.
lunes, 10 de octubre de 2011
miércoles, 5 de octubre de 2011
El capellán de una cárcel, un querido amigo mío, me contó una vez el sorprendente caso de una conversión en el que un conocimiento del pacto de gracia fue el principal instrumento usado por el Espíritu Santo. Mi amigo tenía bajo su cargo a un hombre sumamente mañoso y brutal. Era singularmente repulsivo, incluso en comparación con otros convictos. Había sido renombrado por su arrojo, y por la completa ausencia de todo sentimiento al cometer sus actos de violencia. Creo que había sido llamado “el rey de los estranguladores”. El capellán le había hablado varias veces, pero no había tenido éxito en obtener respuesta alguna. El hombre estaba ásperamente en contra de toda instrucción. Finalmente expresó un deseo por un cierto libro, pero como no estaba disponible en la biblioteca, el capellán le señaló la Biblia que estaba colocada en su celda, y le preguntó: “¿Has leído alguna vez ese Libro?” El hombre no respondió pero miró al capellán como si quisiera matarlo. El capellán repitió la pregunta amablemente, con la seguridad de que descubriría que valía la pena leerlo. “Amigo” –replicó el convicto- “no harías esa pregunta si supieras quién soy. ¿Qué tengo yo que ver con un Libro de esa clase?” El capellán le dijo que conocía muy bien su carácter, y que por esa razón le recomendaba la Biblia como el Libro que sería apropiado para su caso. “No me haría ningún bien”, -exclamó- “pues soy completamente insensible”. Cerrando su puño golpeó la puerta de hierro de la celda, y dijo: “Mi corazón es tan duro como este hierro; no hay nada en ningún libro que me pudiera tocar jamás”. “Bien” –dijo el capellán- “Tú necesitas un nuevo corazón. ¿Leíste alguna vez algo sobre el pacto de gracia?” A lo cual el hombre respondió malhumoradamente preguntando qué quería decir con esas palabras. Su amigo replicó: “Escucha estas palabras: ‘Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros’”. Las palabras dejaron al hombre sumido en el asombro, hasta donde le era posible; pidió que el capellán le encontrara ese pasaje en la Biblia. Leyó las palabras una y otra vez; y cuando el capellán vino a visitarlo al día siguiente, la fiera salvaje había sido domada. “Oh, amigo” –le dijo- “¡nunca soñé con una promesa así! Nunca creí posible que Dios hablara así a los hombres. Si Él me diera un nuevo corazón sería un milagro de la misericordia; y, con todo, yo pienso que” –dijo- “Él va a obrar ese milagro en mí, pues la propia esperanza de una nueva naturaleza está comenzando a tocarme como nunca antes fui tocado”. Ese hombre se volvió de modales amables, obediente a la autoridad, y semejante a un niño en espíritu.
C. H. Spurgeon - La Sangre Derramada por Muchos
C. H. Spurgeon - La Sangre Derramada por Muchos
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